Categoría: Relato Erótico

♠ Hazme El Amor Asi.. (Erótico)

Hazme el amor así…

 

Hazme el amor así… Con furia y calma… Déjate llevar por el sentimiento, permíteme navegar en la locura de tus entrañas, descúbreme cuando tus manos acaricien mi cuerpo y no dudes ni un solo momento en decirme al oído que me amas… Que soy todo y que te hago falta…

Dame permiso para enloquecerme en tu espalda y recorrer de punta a punta el aroma de tu fragancia…, pero con extremada furia y deliciosa calma, deja que vuele el reloj, mientras te hago el amor en mi cama…

Detengamos el tiempo, dándole rienda suelta a nuestros sueños, liberemos los más hondos deseos, permitiendo colmarnos de gemidos y silencios, en vano intento,
para detener un instante indiscreto mientras hablan nuestros cuerpos…

Déjame desnudarte con mis besos, que la ropa quede perdida en el suelo, quiero caer sobre ese “Nuestro lecho” Dejar que mis labios se hundan en tu cuello, mis manos anhelan perderse en tus pechos, con la suavidad de moldear tu silueta al borde del desespero, no quiero tocarte, me embriaga hasta rozarte, tengo miedo a descontrolarme, aprieta mis manos y roza mi pelo, quiero amarrarte a la insensatez de mis deseos.

Quiero calmar la sed que anida en mi garganta, empapar mi boca en el caudal de tus entrañas, déjate llevar, no me niegues este encuentro, dame la posibilidad de volar entre tus brazos a otro firmamento…

No te muevas, permanece en plena quietud, entrégales a mis labios la cascada de tu plenitud, deja la huella de tu placer entre mis labios, dame ese segundo único y preciado, no tengas miedo, aprieta contra mi pelo tus manos, hazme sentir un gendarme de tus ganas..

Y después, después mi amor, no te detengas, tan solo descansa y relájate, porque en sinfonía perfecta, la yema de mis dedos caminarán tu espalda, deteniéndose en tus hombros, mordiendo tu cuello, conviérteme en celador de tus pechos, dame nuevamente tu mirada, enfréntate al desafío de mis manos, quiero hundirme en tu cuerpo, entrar poco a poco y que me sientas tan dentro de tu ser, que supliques un momento de éxtasis urgente y total…

Araña mi espalda, tira de mi pelo, entrégame la fragancia de tus más hondos desenfrenos, pero luego tranquila, apretaré tus manos contra la cama, saciaré mis ganas y terminaré mordiendo tus labios mientras me derramo tan dentro de tu piel, que no quieras nunca olvidar este bello atardecer, donde me empapes sin censuras ni porqués y permitamos a los gemidos escapar con el crepitar de los leños, que en la chimenea han quedado como guardianes del silencio, y si me notas aún más sediento, cabalga en mi cintura sin pausa y sin argumentos, no me dejes descansar en este encuentro, clava tus uñas en mi pecho y tira de mis vellos, muerde mi boca y desenfrenemos las ganas que nos mantienen presos, presos de una pasión a puro sentimientos y no digas nada, entrégame nuevamente tu momento y arráncame hasta la última gota de mis anhelos, quiero que me atrapes en tu interior y provoques que vuelva a morir en ti…

Y cuando me veas cansado, regálame una caricia en la comisura de mis labios, recuéstate entre mis brazos y duerme hasta que el amanecer nos devuelva las ganas de amarnos… ¡De sentirnos otra vez piel a piel…! Porque yo, yo estoy dispuesto a estar por siempre a tu merced…

 

 

 

 

 

 

 

 

Escritor Rostro Enmascarado
©Derechos de autor

♦ Súcubu (Erótico)

Aparece por las noches, no te podés resistir, ahuyenta hasta tu historia, no podés huir, te envuelve en su juego, te encadena a su destino, no se desnuda, pero se hace sentir.

Pasa por tu frente sus dedos, las uñas acarician tu pelo, su boca te recorre completo, la mente vuela y te quedás atrapado en su perfil.

Querés tocarla y no te deja, intentás odiarla y no podés, sabés que amarla es un error, ella no pertenece al mundo de hoy. Le entregás hasta la última gota de tu placer, sonreís, sabiendo que estás a su merced, se posa encima tuyo, no te deja precaver, te exige tus manos en sus pechos y una promesa en sus ojos… Ella te quiere beber.

Apretás su cintura y un orgasmo te asalta con vehemencia y versátil destrucción, ella es un demonio, pero a vos no te importa, solo querés poseerla con amor, aunque eso te haga sufrir. Te besa en la frente y sus dedos vuelven a rozar tu semblante, tus ojos, tu nariz, dormís en silencio y despertás en confusión de espacio y tiempo.

Ella no está, la odiás jurándote no volver a caer, pero la noche se acerca y esperás con ansias ese nuevo placer.

Te enamoraste de un demonio y ella se ríe de vos, no querés entregarte… Pero… lo volverás a hacer.

Súcubo… Entre el cielo de tus besos y el infierno de tus malditos deseos.

Prefiero amar a un demonio, que hundirme en la desesperación de amar a una maldita mujer, vestida de arrogancia y altivez..

Escritor Rostro Enmascarado
©Derechos de autor

♦ Valery y Romám (Erótico)

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Valery y Roman


¿Cuántos comensales alrededor de la mesa? diecisiete…, quizá veinte.
La pensión está llena y fuera se escuchan los pasos de infinitas personas deambulando por las calles de París, se oye el crepitar de la leña en la chimenea.

– ¡Maldita gente!

Exclama Román y aguarda impaciente la hora de irse.
Ha olvidado cuantos años hace que trabaja para el Sr. Parker, tal vez no más de diez, aunque eso no le impide servir por las noches a la Sra. Valery…

Señora déspota, fría, mujer capaz de aniquilar con su mirada al mas fuerte de los mosqueteros, a todos los intimida, pero a él no.
Se podría oír la risa, hasta de los Ángeles, sin embargo, se escuchaba su tenue sonrisa, casi con miedo a ser descubierto por el Sr. Parker. Si él supiera, pero no sabía.
El Sr. Que tan mal le trataba durante el día y por la noche le ordenaba dormir en el establo, todo por ser extranjero. También debía cuidar fielmente a su esposa Valery, durante su ausencia, y aquella noche el Sr. Parker se iba rumbo a América y en dicho momento despidiese de las personas de aquella vieja pensión, donde ayudaba a los pobres para ganarse un pedazo de cielo.

Que hipócrita es la gente, nadie lo quería, había escuchado rumores intensamente grotescos a espaldas de su amo, a quien aborrecía tanto como el resto de la comarca, aunque de frente le decían «Sr» Adulándole como el mejor de los amigos.

Al fin lo acompañó a la estación del tren, el cual lo dejaría en el puerto, donde abordaría el buque con rumbo a América. Escuchó las vanas palabras de su patrón.

– Recuerda…, debes cuidar de mi esposa, no tienes otro trabajo que llevar a fin, por lo tanto, te responsabilizo directamente de todo cuanto pueda sucederle.
– Si mi Sr.

Atinó a responder y sin más le vio alejarse.
Con despacioso entusiasmo se perdió en las calles parisinas, encendió un cigarrillo y encaminó los corceles que tiraban del carruaje al sendero, cual fiel amigo, le dejaría en el castillo.

Llegó a las doce de la noche, guardó los alazanes en el establo y de regreso, a punto de cruzar el umbral de la vieja caballeriza, distinguió en medio de la oscuridad el rojo vivo de la braza del cigarro sostenido por una larga boquilla, sonrió al aspirar el humo chocando contra su rostro, venía entremezclado con aquel tan conocido perfume del cual no recordaba el nombre, quizá porque jamás había visto su frasco.
A sus oídos llegaron éstas palabras.

– ¿Te comenté que me excita tu olor a hombre salvaje?

Acercase a paso firme hasta la figura femenina, cual celosa de la noche no se dejaba ver y junto a sus labios respondió.

– No, no me lo has dicho.

Acto seguido, apretó entre sus dedos la punta del cigarrillo apagándolo con los mismos, y rozando el cuello de la fémina, abrió la boca para morder levemente la piel hambrienta de ganas, temblando, ella llevó sus manos al pelo masculino para estrujarlo con vehemencia, atraerlo hacía si fue cosa de segundo, pero aquella diva de época victoriana, señora de alta estirpe y mujer de un potentado, se volvía salvaje frente a él. Por esa razón, sin preámbulos, tiró fuertemente de su cabello bajándole hasta su escote entreabierto que, dejaba sentir su pecho al descubierto.

Román excitado y temeroso por el lugar advirtió.

– Vamos a tu alcoba.

Aquella amazona estaba en celo, por ende, no comprendía la palabra espera y respondió.

– No, ámame aquí…
– Pero…

Expresó él y su amante lo interrumpió, para vociferar exhausta de deseo incontrolable.

– Aunque el infierno tome la tierra y los mares se desborden, no me importa, te necesito ahora, no después.

Y sintiendo como bajaba la mano a su pantalón y rozaba por encima, con sus uñas, aquella parte que pugnaba por salir, no pudiendo resistirse a tan exigente pedido, metió sus dedos en el vestido para libertar su otro pecho, cual galante y arrogante expedía un calor particular, la tibieza del deseo abrasador y prepotente, hasta impertinente de querer ser mimado por la boca varonil, sin embargo él…, quien conocía al dedillo sus debilidades, pasó la barba a medio crecer por aquel soñado rubí de color único, al notarlo erecto, jugó con su lengua alrededor sin por ello atraparlo, se dio cuenta que la dureza del mismo la hacía temblar de placer, sin coherencia, apoyó la mano sobre la de su amada y comprimió fuertemente hasta escuchar un gemido escapando de su propia garganta.

Olvidó lo delicado, bueno, no se podía decir que ese caballero conociera justamente la delicadeza… No desprendió los botones de la prenda que lo separaban de su piel, tomando fuertemente la misma, tiró de ella con bravura y fue allí donde escuchó un quejido de su dueña, quejido tibio y urgente, descubrió que debajo no llevaba nada, por eso en vilo acierto descontrolado calló de rodillas sobre el heno, besó su vientre, rozó sus piernas en tanto ella levantaba una para apoyarla en el hombro viril, ofreciéndole aquel sendero que lo llevaría a descubrir su más anhelado diamante escondido, sin preámbulos, adosó sus labios al tibio aroma emanando del interior de aquella musa, circundando aquel pedacito de gloria, que era esa perla en medio de sus piernas, cerrando un circulo con su lengua pudo degustar la ardiente emergencia de su amante y sin esperar demasiado, apoderase de la gema que palpitaba en medio de su boca, succionó con exquisito apetito y ansías por llenar su lujuria de calma, se retiró con malicia explicita…

Ella supo que actuaba con maldad, sin tolerancia apoyó su espalda en la pared del establo, aseguró más la pierna en su hombro y con descaro casi suicida aferró ambas manos a su pelo, pero no solo tiró de él, sino que…, con desesperante embeleso lo atrajo hacía ella y comenzó a moverse contra sus labios, él vistió sus pechos con las manos y sintiendo próximo el instante final, bajó sus labios hasta el umbral de su cuerpo, donde por obligación, tuvo que contener un orgasmo al oír los fuertes gemidos femeninos, cuales desbocados llamaban a la locura, ella no dejó de moverse hasta entregarle su propio placer, esencia bebida por su amante y con su boca húmeda subió para besarla, cuando las lenguas se encontraron formaron una melodía de lujuria y reveldía…

Se despojo de su camisa, los pantalones cayeron quien sabe donde y sin esperas la tiró sobre el heno…, precipitándose sobre ella, tomó ambas manos para apretujarlas contra el suelo y casi en acto primitivo separó las piernas femeninas con las suyas propias, buscando así, el túnel que le dejaría entrar en un sitio tan deseado como caliente y empapado, embistió sin consideración arrancándole un clamor de alto voltaje… Quizá, en ese lapso necesitó escuchar las palabras de ella pidiéndole delicadeza, pero no…, todo lo contrario, lo miró con firmeza exigiéndole más… Él…, asustado de sus propios instintos, le dijo en son de calmarla y calmarse.

– Una mujer decente no exige.

Para colmo de males, la fémina respondió con desafío en sus ojos.

– ¿Y quién te ha dicho que soy decente?

Aquellas palabras bastaron para empujar con fuerza y en conjunto malicioso y movimientos salvajes, no pudiendo contener su momento, arremetió más y más, hasta estallar dentro de su cuerpo y bañar con su esencia el interior de aquella atrevida mujer “Su mujer” La misma quien con furor avasallante marcó el cuello varonil sin recato ni pudor.
Rendido, quedó quieto sobre su pecho al sentir en su cuello y espalda las tiernas caricias de una dama que lo convertía en salvaje sin medida, pero a la vez, le brindaba una terneza casi inhumana…

Los corazones agitados palpitaban tan intensamente, como él seguía haciéndolo dentro de ella, los cuerpos empapados pedían descanso y ella con total insolencia, atrapó con la punta de su lengua una gota de sudor resbalando por el pecho de Román y solo se escuchó al unísono un “Te Amo”

En el puerto aguardó por la llegada de su amo, en silencio lo dejó en el castillo y cuando abrió la puerta del carruaje para que bajase le preguntó.

– ¿Has cuidado bien de mi esposa?
– Si Señor.
– Ve a guardar los caballos, no los necesitaré hasta mañana.
– Si Señor…

Lo vio subir las escaleras y al dejar los potros en el establo se encaminó hacía la puerta, donde algo resplandeciente llamó su atención, se hincó sobre el heno y sonrió al descubrir entre el forraje, un botón de aquel vestido, lo llevó a su nariz para aspirar el perfume de Valery y guardándolo en el bolsillo encendió otro cigarrillo para encaminarse a beber una copa de vino en su aposento…
El Señor Parker era hipócritamente amado por toda la comarca y él… Él era un simple empleado…

El Destino metido entre dos

Escritor Rostro Enmascarado
©Derechos de autor

♠ Una gota de café

Una gota de café

 

Estaba mirando televisión… Esas tardes grises, víspera de madrugada lluviosa y tormentosa, me encontraba solo, completamente solo y tocaron timbre.
La esperaba, sabía que vendría puesto que: Necesitábamos discutir algunos puntos sobre la última entrevista.
Llegó con una carpeta, color azul…, los jeans, camisa clara, el cabello revuelto, su pelo largo, negro como azabache, sedoso, si…, muy sedoso, al cerrar los ojos puedo recordar la suavidad del mismo y el aroma, aroma a la peor de las invitaciones, pero guardé silencio invitándola a pasar…
Subió cada peldaño, escaló delante de mí y me rehusé a mirar sus piernas, tan solo seguí detrás hasta llegar al living, la invité a sentarse y la vi acomodarse en el sofá, dejó la carpeta sobre la pequeña mesita y dijo.

 

– Esto debe estar listo para mañana.

 

Me quedé de pie, observándola, cuando daba una orden sus ojos se clavaban en los míos, era como un constante reto, ella lo sabía, yo lo sabía, pero la decisión de callar fue de mutuo acuerdo, aún sin jamás haberlo hablado.
Revisamos aquellos documentos, discutimos términos hasta que musité.

 

– Que mal educado, no te ofrecí nada para beber, ¿Querés un café?
– Si, gracias.
– Acompañame a la cocina.

 

Mientras me seguía, comentó.

 

– Siento que hoy no tienes ganas de trabajar.

 

Estaba de espaldas a ella, intentando hacer funcionar la cafetera, pero sentía en mí su mirada y respondí.

 

– ¿Lo seguís tomando con dos de azúcar?
– ¿De qué hablas?
– Del café.
– Te acabo de comentar algo.
– También yo.
– En ocasiones…, detesto tu comportamiento.

 

Giré respondiendo.

 

– En segundos estará listo, ¿Querés un cigarrillo?
– No gracias.

 

Sus caderas estaban levemente apoyadas sobre la mesa de la cocina y yo en frente, recostado a la mesada, fumé en silencio y cuando escuché el sonido de la cafetera, tiré el cigarro, serví la bebida caliente volviendo a preguntar.

 

– ¿Dos de azúcar?
– Sí.

 

Le alcancé su taza y regresé a mi lugar, las miradas se cruzaron y la cuestioné.

 

– ¿Por qué detestás mi comportamiento?
– Si no tienes ganas de trabajar, dímelo.

 

Bebió un sorbo y al regresar el pocillo al plato, una gota de café calló en su camisa, me acerqué despacio, le quité la taza, me miró preguntando.

 

– ¿Qué haces?
– No, no tengo ganas de trabajar.

 

Pasé mis dedos por su rostro, delineé el contorno del mismo, cerró los ojos, mi mano abierta recorría su cuello, que arqueado parecía pedir, exigir más, mi boca aceleró el paso a la suya y rozando su labio inferior, susurré.

 

– Tengo ganas de vivir.
– Landon…
– Shhhh….

 

Un beso nos unió, un temblor sacudió nuestros cuerpos, un solo latido hizo eco en el silencio y una locura pasó por mi mente… La expresé.

 

– Te quiero mía.
– Landon…

 

Pero… Me besó con fuerza, arrebató a la vida una decisión, metió sus uñas en mi pelo, tiró con desmedida pasión… A mis manos le crecieron alas para volar sin censura, aunque fue solo uno de mis dedos quien se atrevió a pasar por su escote y detenerse en medio, deslizando mi mano abierta por su pecho, sin pensarlo, solo sintiéndolo por encima de la tela manchada de café.
La sentí vibrar cuando la palma de mi mano se detuvo al chocar con la protuberancia en su camisa, desprendí con cautela aquellos botones, liberé su piel, mordí su cuello, pero no le entregué mis labios.
Fueron muchos los años que esperé ese instante y no lo desperdiciaría en 5 minutos.
La hice girar, dejándola de espaldas a mí y la escuché decir.

 

– No…, por favor no…
– Lo deseás tanto como yo.
– Quiero ver tus ojos.
– Después, no hay prisa, solo siente el deseo recorriendo tu piel.

 

La apreté fuerte, mis manos se colgaron de sus pechos desnudos, mi boca volvió a su cuello, mordiendo muy despacio su hombro izquierdo, lo peor de todo, fue cuando sentí sus propios dedos sobre los míos, siguiendo el ritmo ascendente del deseo abrazador, sus uñas fueron única tortura desenfrenada hasta que decidió llevarlas hacia atrás y seducir con las mismas mi pelo, momento en que aproveché para bajar mí mano, desprender sus jeans y deslizarme por dentro de sus pantalones, inmediatamente sus dedos caminaron los míos y apretándome muy fuerte, suplicó.

 

– Por favor no…

 

No hice caso, continué porque deseaba un poco más de mil cosas juntas y encontré en su piel el manantial de placer, ese del cual desde hacía muchos años quería beber.
La hice girar nuevamente, sus pechos ofrecían la libertad de una indiscreción, sencillamente sentirlos sin tabúes, pero decidí deshacerme de sus jeans, se los quité, despacio, sin prisa, pero subiendo con mis labios por sus piernas, olvidando que estábamos en la cocina, ella seguía apoyada en la mesa, entre los deseos que emanaban de su cuerpo, mi boca buscó aquella cascada y la encontró, muy calmadamente me abrí camino al placer, su pierna derecha quedó sobre mi hombro, degusté su esencia, aprisioné aquel diamante escondido, sentí en mi pelo su mano, me apretó contra ella tan solo por un instante para luego tirar de mí y decirme.

 

– Te quiero mío, te quiero muy dentro de mí…

 

Sin hablar, sin decir nada… Sin palabras me incorporé, sus piernas rodearon mi cintura, sus manos desprendieron mis jeans, la locura caminaba mis deseos y la libertad de mi pasión se apoderó del descontrol, entre tanto mis pantalones caían como silenciosos testigos de un encuentro inesperado o quizá demasiado aguardado por dos personas.
Cautelosamente me fui acercando, sin premura busqué la entrada de su cuerpo y la encontré, milímetro a milímetro iba hallando mi propio yo, la suavidad de aquella humedad provocada por deseos instantáneos y ocultos desde años, me dejaba deslizar tan dentro suyo que… que creí morir y volver a nacer.
Sentirla vibrar al paso de mi intimidad en su cuerpo fue lo más bello, sentirla mujer en toda su plenitud… Es ese momento, justamente en ese segundo deseé besar sus pechos, jugar con ese rubí adornando su centro, ese mismo diamante que bailoteaba entre mis labios, sus gemidos resonaban en mis oídos, las uñas de aquella diva se clavaban en mi espalda, quizá pidiendo más, apreté su cintura, me hundí en ella con algarabía, la escuché decir.

 

– Acércate más, quiero sentirte muy dentro de mí… Landon… Te deseo…
– ¿Y por qué has callado tanto tiempo?
– Por el mismo motivo que tú lo has hecho.

 

Cada suspiro me volvía loco, cada quejido devolvía una razón a mi existencia, cada caricia me hacía sentir vivo. Despacio, la sostuve con fuerza y me senté en la silla cercana a la mesa, sin salir de mi escondite dentro de su cuerpo, la apreté con ambas manos por la cintura hasta conseguir que me sintiera entero, palpité en silencio, se apoderó con marcado ahínco de mi pelo, ofreció a mis labios sus pechos y fui lascivo en sus entrañas.
Solo susurré.

 

– Chiquilla mía…
– No me digas chiquilla, soy mayor que tú…
–    Sos mi chiquilla, sos la locura transformada en mujer, sos la amazona en celo que esconde sus deseos. Simplemente sos mía…
– Y me gusta serlo.

 

Pero un intenso gemido detuvo el tiempo, sus manos buscaron la mesa para apoyarse, se arqueó como jamás nunca antes nadie se había arqueado, sus piernas apretaban mi cintura, sus movimientos se hicieron intensos, su piel tibia me arrebataba los sentidos, su cabello volaba al unísono con los deseos, su mirada se clavó en la mía, aquellos ojos se volvieron más verdes y mordiendo su labio inferior, me exigió en un grito callado.

 

– Siénteme, ámame, poséeme, pero no me hagas sufrir más.

 

Sonriendo, pregunté.

 

– ¿Me querés completo?
– Quiero que me bañe tu deseo, me doblegue tu fuerza y me devuelvas la vida.
– Dame tu esencia ahora…
– ¿Es una orden?
– Entre titanes no hay órdenes, sugerencias, pero en este instante quiero que me empapes con tu madura inocencia.
– Landon…
– Aldana…
– Mi amor…

 

Pero aquel mi amor quedó prendado del café, cuando en movimiento crucial, único y despiadado, apoyó más sus manos para recibirme con más fortaleza y entregándome hasta la última gota de su esencia, mordió su labio inferior y en un gemido letal, me entregó la vida, los deseos y la posibilidad de volver a sentirme vivo en brazos de una mujer, la cual,  con su aptitud callada y mirada fuerte, logró arrancarme el más intenso orgasmo de toda mi vida.
Los corazones latieron, dialogaron sin nosotros, estábamos empapados, sentía el poder del deseo, la locura de sentirme hombre dentro de su cuerpo, la insensatez de saberme feliz… Sus uñas dibujaron el límite de mi rostro, una lágrima rodaba por sus mejillas cayendo entre mis labios, la bebí y cuando nuestras miradas volvieron a encontrarse, susurro muy quedamente.

 

– Te amé en silencio, te deseé con locura, no dormí por soñarte y ahora, no viviré por tenerte, te deseo Landon, te deseo con desquicio, me sentí mujer con tu mirada, más que en los brazos de otro hombre, te busqué en los ojos de esos caballeros que compartieron mi cama, te llamé a gritos, te supliqué en silencio, pero jamás creí que tenerte, sería la razón más intensa de mi vida, eres un hombre con sabor a desafío… Pero… Tú… ¿Qué sientes tú?

 

– La locura de un deseo, esa sensación de sentirme completo, un hombre real y no un monigote del destino
– Me agrada ser la dueña de tus devaneos, acallados silencios, ilusiones con lágrimas en tus bellos ojos mi amor, deseos de caballero, ese caballero gendarme de mil quimeras, guardián de luchas internas, señor respetable, absoluto dueño de mis deseos de mujer…

 

Durmió en mi lecho y al amanecer no estaba, ya se había ido, pero se llevó mi camisa, dejándome la suya… Manchada de café…

No hubo exigencias, no hubo promesas, solo existió la decisión del silencio, la adultez de sobrepasar la siniestra extravagancia de perderme sin culpas en aquel cabello negro, en aquellos ojos verdes y la locura clandestina de sentirme vivo, aun sabiendo que estaba muerto.

 

Descubrí que no es pecado “El deseo” … Por culpa de una Gota de Café…

 

Toujours Rostro Enmascarado