♦ Valery y Romám (Erótico)

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Valery y Roman


¿Cuántos comensales alrededor de la mesa? diecisiete…, quizá veinte.
La pensión está llena y fuera se escuchan los pasos de infinitas personas deambulando por las calles de París, se oye el crepitar de la leña en la chimenea.

– ¡Maldita gente!

Exclama Román y aguarda impaciente la hora de irse.
Ha olvidado cuantos años hace que trabaja para el Sr. Parker, tal vez no más de diez, aunque eso no le impide servir por las noches a la Sra. Valery…

Señora déspota, fría, mujer capaz de aniquilar con su mirada al mas fuerte de los mosqueteros, a todos los intimida, pero a él no.
Se podría oír la risa, hasta de los Ángeles, sin embargo, se escuchaba su tenue sonrisa, casi con miedo a ser descubierto por el Sr. Parker. Si él supiera, pero no sabía.
El Sr. Que tan mal le trataba durante el día y por la noche le ordenaba dormir en el establo, todo por ser extranjero. También debía cuidar fielmente a su esposa Valery, durante su ausencia, y aquella noche el Sr. Parker se iba rumbo a América y en dicho momento despidiese de las personas de aquella vieja pensión, donde ayudaba a los pobres para ganarse un pedazo de cielo.

Que hipócrita es la gente, nadie lo quería, había escuchado rumores intensamente grotescos a espaldas de su amo, a quien aborrecía tanto como el resto de la comarca, aunque de frente le decían «Sr» Adulándole como el mejor de los amigos.

Al fin lo acompañó a la estación del tren, el cual lo dejaría en el puerto, donde abordaría el buque con rumbo a América. Escuchó las vanas palabras de su patrón.

– Recuerda…, debes cuidar de mi esposa, no tienes otro trabajo que llevar a fin, por lo tanto, te responsabilizo directamente de todo cuanto pueda sucederle.
– Si mi Sr.

Atinó a responder y sin más le vio alejarse.
Con despacioso entusiasmo se perdió en las calles parisinas, encendió un cigarrillo y encaminó los corceles que tiraban del carruaje al sendero, cual fiel amigo, le dejaría en el castillo.

Llegó a las doce de la noche, guardó los alazanes en el establo y de regreso, a punto de cruzar el umbral de la vieja caballeriza, distinguió en medio de la oscuridad el rojo vivo de la braza del cigarro sostenido por una larga boquilla, sonrió al aspirar el humo chocando contra su rostro, venía entremezclado con aquel tan conocido perfume del cual no recordaba el nombre, quizá porque jamás había visto su frasco.
A sus oídos llegaron éstas palabras.

– ¿Te comenté que me excita tu olor a hombre salvaje?

Acercase a paso firme hasta la figura femenina, cual celosa de la noche no se dejaba ver y junto a sus labios respondió.

– No, no me lo has dicho.

Acto seguido, apretó entre sus dedos la punta del cigarrillo apagándolo con los mismos, y rozando el cuello de la fémina, abrió la boca para morder levemente la piel hambrienta de ganas, temblando, ella llevó sus manos al pelo masculino para estrujarlo con vehemencia, atraerlo hacía si fue cosa de segundo, pero aquella diva de época victoriana, señora de alta estirpe y mujer de un potentado, se volvía salvaje frente a él. Por esa razón, sin preámbulos, tiró fuertemente de su cabello bajándole hasta su escote entreabierto que, dejaba sentir su pecho al descubierto.

Román excitado y temeroso por el lugar advirtió.

– Vamos a tu alcoba.

Aquella amazona estaba en celo, por ende, no comprendía la palabra espera y respondió.

– No, ámame aquí…
– Pero…

Expresó él y su amante lo interrumpió, para vociferar exhausta de deseo incontrolable.

– Aunque el infierno tome la tierra y los mares se desborden, no me importa, te necesito ahora, no después.

Y sintiendo como bajaba la mano a su pantalón y rozaba por encima, con sus uñas, aquella parte que pugnaba por salir, no pudiendo resistirse a tan exigente pedido, metió sus dedos en el vestido para libertar su otro pecho, cual galante y arrogante expedía un calor particular, la tibieza del deseo abrasador y prepotente, hasta impertinente de querer ser mimado por la boca varonil, sin embargo él…, quien conocía al dedillo sus debilidades, pasó la barba a medio crecer por aquel soñado rubí de color único, al notarlo erecto, jugó con su lengua alrededor sin por ello atraparlo, se dio cuenta que la dureza del mismo la hacía temblar de placer, sin coherencia, apoyó la mano sobre la de su amada y comprimió fuertemente hasta escuchar un gemido escapando de su propia garganta.

Olvidó lo delicado, bueno, no se podía decir que ese caballero conociera justamente la delicadeza… No desprendió los botones de la prenda que lo separaban de su piel, tomando fuertemente la misma, tiró de ella con bravura y fue allí donde escuchó un quejido de su dueña, quejido tibio y urgente, descubrió que debajo no llevaba nada, por eso en vilo acierto descontrolado calló de rodillas sobre el heno, besó su vientre, rozó sus piernas en tanto ella levantaba una para apoyarla en el hombro viril, ofreciéndole aquel sendero que lo llevaría a descubrir su más anhelado diamante escondido, sin preámbulos, adosó sus labios al tibio aroma emanando del interior de aquella musa, circundando aquel pedacito de gloria, que era esa perla en medio de sus piernas, cerrando un circulo con su lengua pudo degustar la ardiente emergencia de su amante y sin esperar demasiado, apoderase de la gema que palpitaba en medio de su boca, succionó con exquisito apetito y ansías por llenar su lujuria de calma, se retiró con malicia explicita…

Ella supo que actuaba con maldad, sin tolerancia apoyó su espalda en la pared del establo, aseguró más la pierna en su hombro y con descaro casi suicida aferró ambas manos a su pelo, pero no solo tiró de él, sino que…, con desesperante embeleso lo atrajo hacía ella y comenzó a moverse contra sus labios, él vistió sus pechos con las manos y sintiendo próximo el instante final, bajó sus labios hasta el umbral de su cuerpo, donde por obligación, tuvo que contener un orgasmo al oír los fuertes gemidos femeninos, cuales desbocados llamaban a la locura, ella no dejó de moverse hasta entregarle su propio placer, esencia bebida por su amante y con su boca húmeda subió para besarla, cuando las lenguas se encontraron formaron una melodía de lujuria y reveldía…

Se despojo de su camisa, los pantalones cayeron quien sabe donde y sin esperas la tiró sobre el heno…, precipitándose sobre ella, tomó ambas manos para apretujarlas contra el suelo y casi en acto primitivo separó las piernas femeninas con las suyas propias, buscando así, el túnel que le dejaría entrar en un sitio tan deseado como caliente y empapado, embistió sin consideración arrancándole un clamor de alto voltaje… Quizá, en ese lapso necesitó escuchar las palabras de ella pidiéndole delicadeza, pero no…, todo lo contrario, lo miró con firmeza exigiéndole más… Él…, asustado de sus propios instintos, le dijo en son de calmarla y calmarse.

– Una mujer decente no exige.

Para colmo de males, la fémina respondió con desafío en sus ojos.

– ¿Y quién te ha dicho que soy decente?

Aquellas palabras bastaron para empujar con fuerza y en conjunto malicioso y movimientos salvajes, no pudiendo contener su momento, arremetió más y más, hasta estallar dentro de su cuerpo y bañar con su esencia el interior de aquella atrevida mujer “Su mujer” La misma quien con furor avasallante marcó el cuello varonil sin recato ni pudor.
Rendido, quedó quieto sobre su pecho al sentir en su cuello y espalda las tiernas caricias de una dama que lo convertía en salvaje sin medida, pero a la vez, le brindaba una terneza casi inhumana…

Los corazones agitados palpitaban tan intensamente, como él seguía haciéndolo dentro de ella, los cuerpos empapados pedían descanso y ella con total insolencia, atrapó con la punta de su lengua una gota de sudor resbalando por el pecho de Román y solo se escuchó al unísono un “Te Amo”

En el puerto aguardó por la llegada de su amo, en silencio lo dejó en el castillo y cuando abrió la puerta del carruaje para que bajase le preguntó.

– ¿Has cuidado bien de mi esposa?
– Si Señor.
– Ve a guardar los caballos, no los necesitaré hasta mañana.
– Si Señor…

Lo vio subir las escaleras y al dejar los potros en el establo se encaminó hacía la puerta, donde algo resplandeciente llamó su atención, se hincó sobre el heno y sonrió al descubrir entre el forraje, un botón de aquel vestido, lo llevó a su nariz para aspirar el perfume de Valery y guardándolo en el bolsillo encendió otro cigarrillo para encaminarse a beber una copa de vino en su aposento…
El Señor Parker era hipócritamente amado por toda la comarca y él… Él era un simple empleado…

El Destino metido entre dos

Escritor Rostro Enmascarado
©Derechos de autor

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